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Carta desde Manoguayabo

Batey Bienvenido, Manoguayabo, 27 de septiembre de 2019

Queridos amigos:

Como siempre, espero que todos os encontréis bien, disfrutando de lo que la vida os vaya trayendo.

Por mi parte sigo disfrutando con lo que hago y, en momentos, también sufriendo por las circunstancias de algunas personas.

En concreto lo seguimos pasando mal con Odeta, de quien tantas veces os he hablado. Ya el mes pasado os conté que estaba mal, pero es que la cosa va cada vez peor. Antes de ayer tuvimos que llevarla a urgencias porque llevaba varios días vomitando una cosa negra. A pesar de que la llevamos al oncológico, que es donde le están haciendo todos los análisis y pruebas, ni siquiera la dejaron ingresada. Simplemente le dieron una medicina, le dijeron que cogiera cita con su médico y la mandaron para casa, pero los vómitos no se cortan. Ya esta mañana nos han dado algunos resultados, así que a ver qué pasa el próximo miércoles cuando su médico los vea. Ojalá la tomen en serio y pueda mejorarse, porque estos días atrás he llegado a pensar que se nos va. Además del malestar físico, estoy preocupada por algo más, puesto que el otro día sufrió una especie de lapsus… Fue el martes por la mañana, cuando fui a visitarla. Yo estaba sentada en la cama con ella, llevábamos un rato hablando. Entró una vecina, se saludaron y seguimos hablando. De pronto, Odeta se incorporó porque se ve que no aguantaba más tiempo tumbada, miró donde estaba la chica y preguntó quién era. Ella, bastante confundida, le respondió diciendo su nombre y Odeta volvió a saludarla como si acabara de entrar. Pero es que, acto seguido, entornando los ojos como si no viera o estuviera deslumbrada, miró hacia donde yo estaba y preguntó quién era yo… Su esposo le dijo “Es Lidia”, y ella dijo “¿Lidia, mi mamá?”, le dijimos que sí y ya empezó a saludarme también como si yo acabara de llegar. Todos nos miramos preocupados sin decir nada para que ella no se diera cuenta, pero se me parte el alma al pensar que se le pueda ir la cabeza…

También de Adline, la mamá de Phaimie, creo que os he hablado alguna vez. Esta mujer vive sola con su hija y no tiene familia aquí. Cuando la conocí el año pasado era muy flaquita y, de pronto, hace unos meses, empezó a sentirse mal y a hinchase por la parte de la cara, el abdomen y las piernas, de tal forma que se desfiguró por completo. Le pusieron un tratamiento, pero se ve que otra vez está mal. Cuando fui esta mañana a la escuelita, Phaimie me contó que su mamá se había tenido que ir otra vez a urgencias. En los ojos de esa niña se puede leer el terror que siente por si su madre se muere… me da mucha pena, así que, por favor, rezad tanto por ella como por Odeta.

¡Pero no todo son cosas tristes! ¿Recordáis a Elodia? Para quienes os habéis enganchado a mis cartas hace poco, y para quienes no recuerden, Elodia es una viejita ciega que, cuando yo llegué aquí, vivía en el Batey, en casa de un muchacho al que ella cuidó de pequeño. Elodia no tiene ninguna familia, puesto que no se casó y no tuvo hijos. Mi compañera Ana me contó que continuamente se caía cuando se bañaba, así que me ofrecí para ayudarla a bañarse cada dos días. Durante años pasé mucho tiempo con ella, la bañaba, la ayudaba vestirse, orábamos juntas, la llevaba al médico cuando se encontraba mal y a la iglesia para las celebraciones de Semana Santa. Pero ya hace dos años que se la llevaron a vivir a otro sitio. No es que esté lejos, porque andando se tarda una hora y en moto unos 20 minutos, pero, lógicamente, no es como antes, que me quedaba de paso para cualquier sitio donde fuera y podía entrar a verla, aunque fuera para darle un beso. Ahora procuro ir cada tres o cuatro meses, porque el tiempo no me da para más. El caso es que fui a verla este martes y ya aproveché para llevarle el “cafesito” que me pidió de España y una batita que también le había comprado, jabón y pasta de dientes. Se puso tan contenta con sus regalitos… Desde que entré por la puerta y pregunté por ella, empezó a gritar “¡Luna, Luna!”, que es como ella me llama. Como siempre, me preguntó por mis padres y mi hermano, llamando a cada uno por su nombre, así como por todas las hermanas que han vivido aquí conmigo y ya están destinadas en otro sitio, y por cada uno de los voluntarios que he llevado a su casa… ¡es increíble la memoria que tiene! En fin, que echamos un ratito muy entrañable.

En cuanto a La Escuelita, ya se ha regularizado la asistencia. Cuando os escribí el mes pasado, aún había algunos alumnos de los que se inscribieron que no habían aparecido. Aquí es muy típico el hecho de que se van incorporando en las semanas siguientes al comienzo oficial del curso, puesto que hasta que no consiguen comprar alguna ropita digna para ir a clase, zapatos y material escolar, no van. Yo siempre les digo que vayan con lo que tengan, que aquí somos pobres y no hay que estrenar ropa para ir a la escuela, simplemente que vayan con lo que tengan limpito. Pero, como quiera, es cierto que algunos no tienen nada mínimamente digno para ir.

Esta tarde he tenido reunión con las maestras y uno de los temas que hemos visto es el de las camisetas del uniforme. Ya me han pasado las tallas de los alumnos, así que el lunes iré a encargarlas para que todos tengan al menos una.

A todos los alumnos se les ve muy contentos, integrados y con ganas de aprender. Siguen sintiéndose dichosos por la oportunidad de tener su propia escuela.

Sobre el proyecto Sin Papeles No Soy Nadie os cuento que continuamos declarando niños que siguen apareciendo, cada vez de familias que viven más lejos. Se ve que se sigue corriendo la voz.

También seguimos haciendo pasaportes y recogiendo los que van llegando. Con eso de que en abril subieron tanto el precio, prácticamente estamos solos cuando vamos a la embajada, puesto que poca gente puede permitirse hacerse su pasaporte ahora. Es una lástima, porque el pasaporte es el primer requisito para que puedan regularizar su situación en el país…

Aquí os dejo una foto de algunos de los que esta semana recogieron el suyo. Como anécdota, os cuento que una de las mujeres, cuando le entregaron el suyo, se vino donde yo estaba y me dio un abrazo tan fuerte que hasta daño me hizo. Cuando me soltó vi que estaba llorando de emoción agradecida. Fue uno de esos momentos mágicos, tiernos, solemnes… todo al mismo tiempo. Entre lágrimas no paraba de darle gracias a Dios por tener su pasaporte, porque por sus medios ella nunca lo hubiera conseguido.

Esa noche, ya en la cama, recordaba yo el momento tan entrañable vivido y daba gracias a Dios por varios motivos. El primero, por la vida de cada una de estas personas, de las que están y de las que ya no están. Esta semana he cumplido 6 años de estar aquí y me han venido a la mente muchos de los que ya no están… unos están en el cielo y otros lejos de aquí, pero todos me aportaron algo bueno a mi vida. El segundo motivo, por cada uno de vosotros que colaboráis para que todas estas ayudas se puedan llevar a cabo. Porque, lamentablemente, por mucho que yo quisiera hacer aquí, sin dinero no se podría. Así que… a todos los donantes de KORIMA, ¡muchas gracias por hacer equipo conmigo!

Un abrazo grande y hasta el próximo mes,

Lidia Alcántara Ivars, misionera claretiana

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